sábado, 26 de enero de 2008

La Teresa. Capítulo 2. De cómo llegó hasta mí. De lo que significó entonces y de cómo influyó en mi vida.

Quiso el destino que La Teresa llegase a mi, por primera vez, en un camión de Yoplait. Fue Javi Desiderio, que por entonces ayudaba a su padre en el reparto de aquel mítico yogurt, quien me dijo que tenía un cliente en Totana o Librilla, no recuerdo bien, que vendía una guitarra en buen estado y por un precio razonable. “Además, es tipo Telecaster”, me dijo él, sabiendo que yo era un enamorado de ese modelo de Fender. Pero, por supuesto, no era una Fender. Fender era primera división, y yo andaba en aquel momento en tercera regional, musical y económicamente. Se trataba de una Morris; “¿una qué…?, pregunté yo, sin conocer, entonces, aquella marca de guitarras, que luego supe que se trataba de una marca bastante aceptable dentro de las guitarras de serie media.

En aquellos días comenzaba yo a merodear por el bajo de Serafín, uno de los puntos neurálgicos del punk-rock de la Vega Media, donde comenzaba a destilarse algo realmente serio. Allí se reunían las tardes de los viernes y los sábados, justo antes de atacar los rock-bares de Alguazas y Las Torres, los intratables hermanos Piqueras – Johnny y Pascual - y Jose Antonio Desiderio o Serafín, como era conocido sobre el escenario. Iba yo por allí invitado por los entonces benjamines Javi Desiderio, hermano de Serafín, y Antonio Javier “Sando”, quienes cogieron la santa y bienvenida costumbre de venirse para mi casa con sus guitarras españolas para que les enseñara canciones modernas, pues estaban hasta el gorro de las de la rondalla y de las de la tuna. “Es que así ligamos más con las payas…”, me decían los golfos. Y lo de ligar lo llevaban muy dentro este par de dos porque solo estaban interesados en que les enseñara canciones de Hombres G, que ya empezaban a hacer furor entre las adolescentes de la época. “Si, Aurelio, esa de Te quiero que empieza con el bajo… tan, tan, tan - tan, tan,…”, decía Sando, “con esa caen todas, fijo”. Y aunque me esforcé para que bebieran de las fuentes del rock, para que conocieran y supieran tocar canciones de La Frontera, Loquillo o Gabinete, entre otros, los tíos lo tenían muy claro, y lo que querían era algo práctico. Intentaba convencerles de que eso era cosa de niñas tontas y no rock and roll. Ellos a lo suyo, que estaba muy bien La Frontera y eso, pero que querían comerse un torrao. Aún recuerdo aquellas tardes con estos dos metidos en la habitación donde estudiaba, y la madre de Sando diciéndole a la mía cuando éstas se encontraban, “Angelines, tú échalos que son los dos unos folloneros”

En eso estábamos cuando Javi me dijo que me fuera a su bajo a tocar con ellos con los instrumentos ELÉCTRICOS (“¡Como mola, tíos!”) de su hermano, de Johnny y Pascual. Su hermano, Johnny y Pascual ensayaban juntos en un proyecto de corte punk llamado Testículos de Jehová, aunque de esto hablaremos en otro momento, cuando contemos la historia de los grupos donde hemos estado. Tenían un bajo, una guitarra y una batería casi casera, confeccionada por Pascual. Empecé a ir por allí y, poco a poco, aquellos ensayos improvisados con Javi, Sando y Jose - germen de Los Niños De Franklyn - se convirtieron en una especie de jam session donde ya todos participábamos, grandes y pequeños. Y así estuvimos durante un tiempo hasta que un buen día aquel trío punk, de dos hermanos y un amigo-vecino, me propuso unirme a ellos para tocar la guitarra y formar una banda de rock and roll. ¡Qué día más grande! Ahí comienza la historia de Los Del Paso, que dejaremos, como digo, para otra ocasión. Evidentemente, había un problema: yo no tenía guitarra eléctrica, ni dinero, ni muchas posibilidades de conseguirlo. No logro recordar cómo lo conseguí o si llegué a conseguirlo siquiera, y la fui pagando, entonces, con conciertos cuando Los Del Paso empezaron a funcionar como grupo. El caso es que necesitaba una guitarra y, finalmente, un mediodía del verano del año 1988, Javi se presentó en mi casa con La Teresa, como previamente habíamos acordado.

En esta noche de enero, veinte años más tarde, veinte años más viejo, cierro los ojos y veo a un chavalote, más largo y seco que una espiga, abriendo la maleta donde dormía aquella guitarra. Puedo sentir la misma emoción, oir los mismos latidos de un corazón acelerado y hambriento de emociones, el olor del interior de aquella maleta, aquella imagen frente al espejo, posando como una punk-rock star, como mi venerado Joe Strummer, aquella cabeza llena de proyectos, de canciones… Y como si se tratase de una de aquellas epifanías de James Joyce, en el Retrato De Un Artista Adolescente, sentí que aquel momento era realmente revelador, y que lo mejor estaba por llegar.

Todos tenemos algo que simboliza una etapa o un cambio en nuestras vidas: una canción, un olor, una imagen, una camiseta o un libro, por poner ejemplos. Entre los míos, está ella: roja, brillante, provocadora y gruñona. Ella fue la llave que abrió la puerta hacia los años más llenos de mi vida, más creativos, cuando aprendí y experimenté casi todo lo que sé hoy, haciendo justo lo que quería hacer, movido solo por un instinto primitivo y anterior a su llegada. No quedó todo en una efímera pose post-adolescente, como en el caso de muchos; en mi caso fue un estilo de vida premeditado y elegido que tenía que descubrir y construir. Hay quien nunca, ni siquiera hoy, lo entendió. Si no hubiera venido ella, tendría que haber ido yo en su busca pues, en este caso, no creo en la casualidad. La llama ya hacía años que ardía.

Y hoy, veinte años más tarde, no soy sino producto de aquello en lo que quise convertirme durante aquellos años y a lo que no estoy dispuesto a renunciar. Cuando terminó la música y se apagaron las luces, fui consciente de las otras muchas y diferentes cosas que con ella o gracias a ella había aprendido, por accidente o intencionadamente. E inevitablemente, cambiarán las formas, el envase irá adaptándose al paso de los tiempos, pero el contenido permanecerá inalterado. Veinte años lo certifican y casi mis cuarenta años tienen un peso respetable. Definitivamente, siempre hay algo que el tiempo no logra alterar.
No hay orden sin caos.
Continuará.

miércoles, 23 de enero de 2008

La Teresa. Capítulo 1. De sus orígenes.

Como algunos ya sabéis, pues la sufristeis durante muchas noches de concierto, La Teresa fue mi primera guitarra eléctrica, aquella con la que debuté con Los Del Paso y que me acompañó durante casi toda la trayectoria del grupo. Y al igual que todos los amores de mi vida, La Teresa tiene su historia, una historia, sobre todo, entrañable y divertida, aunque no falta de momentos tristes, destacando, por encima de todos, el último de todos ellos, el día que tuvimos que dejarlo tras una amarga y triste despedida. Y como primer amor que fue, mi particular Annabel Lee me dejó, a medio camino entre mi memoria y mi estómago, un respingo eléctrico de nostalgia y melancolía que nunca me abandonó. Simplemente la idealicé - razones tenía - y como siempre ocurre con el primer amor, el paso del tiempo no hizo sino acrecentar este sentimiento.

De los primeros años de La Teresa apenas tengo información. Como ocurre con la infancia y juventud de Jesucristo, La Teresa también tiene sus años oscuros o perdidos. Supongo que debió nacer en alguno de los talleres de montaje de la marca Morris, donde en un principio fue bautizada como Hurricane Theresa, nº de serie E705643. Pero para entonces todavía no era La Teresa. Era una guitarra más con su marca, modelo y nº de serie, un clon más de un prototipo. La Teresa comenzó a ser, en el extricto sentido ontológico de la palabra - a tener su propia identidad y convertirse en un ente único e irrepetible - cuando llegó a mis manos, momento en el que empezó a forjarse su verdadera historia.

La Teresa. Prólogo.

Hace unos días os anuncié que La Teresa volvía a casa, en Navidad, como aquel turrón. Todo fue posible, como os dije, gracias al inolvidable gesto de Johnny, su último propietario. La Teresa pasó estos últimos catorce años con Johnny hasta que éste decidió que era un buen momento para regresar a las manos de su anterior propietario, éste quien os escribe. Fue una grata sorpresa y un feliz y emotivo encuentro que jamás olvidaré. Me dispongo, pues, a relataros en este espacio toda la historia que precede a este hecho. Lo haré en varios capítulos que irán apareciendo en los próximos días. Os hablaré desde el nacimiento de La Teresa hasta el día en el que Johnny, hace apenas unas semanas, llamó a mi puerta con ella en sus brazos para regalármela. Aquel día se convirtió no solo en un reencuentro con La Teresa sino también en una primera celebración del XX cumpleaños de Los Del Paso, a los que rendimos un primer y cálido homenaje. Pero no adelantemos acontecimientos. Os invito a que leáis durante estos días todo lo que siempre quisisteis saber sobre La Teresa y nunca os atrevisteis a preguntar. Espero no defraudaros. La verdad está aquí dentro. Creed, malditos.