sábado, 16 de febrero de 2008

La Teresa. Capítulo 3. Un poco de flashback entre tanto flashback.

Hoy os voy a contar algo que nos lleva a un tiempo algo anterior al de La Teresa. Os lo cuento porque guarda relación con toda esta historia, como ahora comprobaréis. Os relaté en el último capítulo que La Teresa llegó hasta mi casa un mediodía del verano del 88. Aquel día entré a mi casa nervioso y emocionado. Al fin tenía en mis manos lo que desde adolescente había deseado tener.

Pero fueron algunos años atrás cuando empezó a forjarse en mi cabeza la idea de poder tocar una guitarra eléctrica en un grupo. Una idea que en aquel momento, con 16 años, veía prácticamente imposible. Andaba yo por aquellos años de adolescencia en compañía de Esteban Clarín, amigo y vecino desde que dejamos la cuna.

De todos los chicos del Barrio Sin Fortuna, fuimos Esteban y yo los que empezamos a sentir bastante curiosidad por la música. De hecho, Esteban fue miembro fundador de nuestro grupo coetáneo y hermano, La Destilería. Allí estábamos los dos en plena ebullición hormonal, soñando despiertos sobre lo flipante que sería formar un grupo, pero cuando volvíamos a la cruda pero divertida realidad veíamos lo secos que estábamos los dos y las pocas o nulas posibilidades de hacernos con unos pocos medios. Mas, como siempre me he dicho, el que no se divierte es porque no quiere.
Nuestras generaciones nos caracterizamos por echarle bastante imaginación al asunto, ya sabéis, la escasez agudiza el ingenio. Así que el hecho de que no tuviéramos medios no frenó en absoluto nuestro obstinado intento de formar nuestra propia banda. ¡Para qué lamentarnos, Esteban, si lo teníamos todo! Un local de ensayo, mi terraza, que, aunque tenía una parte cubierta con uralita, la temperatura media en las siestas de verano, la hora frecuente de nuestros ensayos, era de unos 45 grados; ¿y lo demás? Yo tenía una guitarra española que me regaló mi tío Ángel por mi confirmación, él no contaba con ningún instrumento, así que decidimos que el fuera el batería, pues en las casas siempre hay cosas para improvisar una. Le cogí a mi madre unas tapas de cacerolas de aquellas de aluminio viejo y les ate a cada una de sus asas el extremo de una cuerda y el otro a las cables donde mi madre tendía la ropa. Como tambores utilizamos bidones o tambores de detergente y algún barreño que otro. Lo de los tambores de detergente ya lo teníamos experimentado en el barrio, en aquellas otras semanas santas en las que todos los chavales participábamos. Lo que no logro recordar es lo que utilizaba Esteban para golpear toda aquella cacharrería, ¿serían cucharas? No me extrañaría.
Aquello llegó a sonar a algo, no sé cómo describirlo, pero sorprendentemente no sonaba tan mal de lo que uno podría esperar ante tal panorama. A mi guitarra solo le quedaban tres cuerdas cuando empezamos con aquello, y no creáis que fui reponiéndola con cuerdas nuevas, no me acuerdo bien, pero creo que el grupo se disolvió cuando finalmente mi guitarra se quedó sin cuerdas. Nuestros frutos musicales fueron un par de versiones del pionero grupo murciano, Acequia, germen de grupos como Los Bluesfalos o Los Marañones. Llegamos a tener hasta maqueta: un par de tomas en vivo grabadas en mi radiocasete Contec. E incluso llegamos a dar un concierto en directo para nuestro amigo y también vecino Joaquín, al que nos costó trabajo convencer para que subiera a vernos, porque, por supuesto, el concierto fue en mi terraza.

Después de aquello recuerdo que Esteban se fue a vivir al barrio de San Antonio, en frente de Sando, y ya solo nos veíamos en nuestro club, que estaba en su nueva calle, o en los bares. Nos hicimos menos críos, y empezamos a conocer a más gente con nuestras mismas inquietudes; los dos en compañía conocimos a los hermanos Joaquín y Pascual Piqueras y a Serafín, con los que manteníamos una graciosa rivalidad. Después, ya algo más desconectados, conoció él a Plácido y a Eduardo, entre otros, que también compartían inquietudes musicales. El logró comprarse entonces un bajo y empezó a tocar con ellos en lo que luego sería La Destilería. Yo conseguiría aquel objetivo, que nos marcamos unos años atrás, un año más tarde que él. Lo importante es que los dos habíamos mantenido intacta aquella ilusión que había nacido en las atolondradas cabecillas de un par de críos aburridos e inquietos: sentados al fresco de una baldosa, en el muelle de la estación o mientras hacíamos auto-stop.

Ya os contaré en otra ocasión algo más sobre esta etapa con Clarín, como cariñosamente le llamaba, de nuestras fantasiosas incursiones en el mundo de las bandas de rock, y de nuestros saqueos de material a unos confiados grupos heavys de Molina. Me dejo unas cuantas anécdotas y detalles divertidos, quizá en otra ocasión los sacaré a flote. Mi intención era que conocierais esta pre-historia de la historia que nos ocupa para que os podáis meter más a fondo en mi piel, en aquel verano del 88, cuando La Teresa avanzaba por el pasillo de mi casa, su nuevo hogar, llevada por mi brazo nervioso y emocionado al encuentro de mi familia, su familia. No todo el mundo reaccionaría igual.

Las emociones provocan nuevas emociones, aunque nunca se asemejan.
Alegría y dolor conviven en armonía.
La pérdida de uno conduce al otro.
No hay orden sin caos.
Continuará.