jueves, 17 de septiembre de 2009

Reflexiones bajo un sauce

No lloran los sauces. Lloran los hombres al ver hundidos los últimos restos de su insoluble destino.




miércoles, 2 de septiembre de 2009

Feliz día, ovejita.

RAQUEL
Nombre hebreo (Rahel) que significa "oveja". Para un pueblo nómada y pastor como los israelitas, éste era un gran nombre. Era una expresión de ternura, el sobrenombre de oveja. La bellísima historia de amor que envuelve este nombre ha hecho que desde la primera Raquel, hace ya cerca de tres mil años, hasta el presente, nunca haya dejado de llevarse.



No he podido resistirme.
Que tengas un buen día.
Besos de un lobito feroz.

martes, 1 de septiembre de 2009

Todos volvemos

A pesar de la cercanía, hacía mucho tiempo que no me adentraba en la estación de Alguazas y recorría los mismos rincones que en otra época fueron lugares habituales en mis juegos infantiles y andazas juveniles. Cada barrio tiene su “lugar”, y la estación era para nuestro barrio “el lugar”, y aunque había algunos otros, éste nos ofrecía multitud de posibilidades, tantas que era uno de los sitios de esparcimiento y muchos etcéteras preferidos, no solo por nosotros, sino por gran parte de la población del extra-barrio, desde niños hasta ancianos, desde perros hasta gatos, payos y gitanos, heroinómanos y enamorados - cada uno elige el amor de su vida, suicidas y onanistas, músicos y plañideras, chulos, putas y chulo-putas, policías y ladrones, etcétera y etcétera. Allí pasé muchas horas, casi siempre en compañía de amigos, y, como cabe esperar, las actividades fueron cambiando acorde con la edad.

Para recapitular, mis primeros y segundos años están muy vinculados a este lugar; en mi personal e intima topografía siempre hay trenes, raíles, un gran reloj, una campana, muelles, un señor de uniforme con un silbato y una banderita – años después volvía a ver una imagen semejante en un partido de fútbol y entendí el origen de las metáforas, símiles y comparaciones… pero sobre todo un olor, mezcla de madera, aceite y gasoil, que, por suerte, todavía sigue allí. De las pocas cosas. También hay sonidos, pero éstos desaparecieron hace años, no de mi cabeza, pero sí del lugar.

Siempre he pensado que fue una gran guardería para toda la chavalería del barrio; sin duda, allí empezamos a desarrollar nuestra motricidad – no tengo claro si la psico fue también allí: Nuestros primeros pasos como bípedos seguramente ocurrieron allí; el día que nos soltaron los patines a la bici también ocurrió en muchos casos allí. También en aquel lugar desarrollamos el vil arte de tirar pedradas (¡había tanta materia prima!), nuestros primeros coqueteos con el balón, nuestros primeros cien metros lisos... Y finalmente, nos especializamos, claro. Adquirimos una especial habilidad, de la que carecían otros barrios, para movernos con soltura en el quinto elemento: LA VÍA. Todo el mundo dominaba la tierra, nadie el aire, y casi todos, pero con algo de miedo, el agua y el fuego. ¿Pero la vía? Eso solo éramos nosotros. Era aquella una escuela tan prestigiosa de funambulistas que de haber ido algún circo por allí, a bien seguro hubiera resuelto el futuro de algunos. Y he dicho vía, pero por extensión debemos entender que también eran los muelles y los trenes. Los trenes…Nos subíamos, nos bajábamos, en marcha o parados, caminábamos por el techo, gateábamos por debajo, apretábamos y soltábamos tornillos, desafiábamos al tren que se acercaba,… e incluso algunos llegaron a aprender a manejar con bastante destreza la “fervi” que había en los muelles para las tareas de carga y descarga. Curriculum para los veranos en La Molinera.

Como decía al principio, hace unos meses volví a echar un vistazo a fondo mientras regresaba de una caminata placentera por la Vega Media. El contraste era recio. Algunos sabréis que han acondicionado, en parte, el entorno; nuevo pavimento, nueva iluminación y algunos bancos. Pero el aspecto que ofrecían los muelles -uno de ellos totalmente tabicado- era desolador y desgarrador, especialmente para aquellos que tuvieron la suerte de vivir aquella otra estación. El único signo de vida – lo cual agradecí – que pude contemplar en aquel fantasmagórico paisaje sacado de un relato de Poe eran unos botes de cerveza y unos modernos grafitis adolescentes que seguían vinculando, como siempre había sido, la estación al devenir humano. Por lo demás, dolía ver aquello. Era una caída en toda la regla, como la Casa Usher, pero en tiempos más pausados. Y allí parado frente a aquellas ruinas pensé: “Nunca terminé de largarme, chica. Y ahora creo que, definitivamente, nunca podré hacerlo: tú ya no puedes ser mi origen ni mi lanzadera, desde aquí ya no puede salir mi tren. Y si no eres tú, tal vez ya no lo sea nadie.” Pero eso es otra historia que escribí un día para un buen amigo a propósito de aquellos sueños y esperanzas juveniles, tan compartidas y tan perdidas ahora. Algún día nos largaremos de aquí. Y desde aquí. Quizá no lo entendáis contado así, pero crecer en una estación, viendo pasar trenes a diario, alimenta el espíritu de huida en busca de nuevas aventuras, en unos; en busca de un mañana mejor y más esperanzador, en otros.

Así que, pensando y pensando, se me ocurrió que podría tener algo que contar en mi blog. Después de ver las fotos que sacamos de aquella visita me acordé también de algo que escribí hace unos años, movido por otras razones, pero que tenía algo en el mensaje que era universal y atemporal, y que, así lo veo, podría también hermanarse con los sentimientos de regreso, pérdida, decadencia y nostalgia que sentí al ver lo que quedaba de aquella estación. Los regresos pueden ser alegres y divertidos. También amargos y dolorosos. Siempre emocionantes. En este caso, intuía que el regreso iba a ser del segundo tipo, pero aún así, regresé. ¿Por qué? Porque las cosas más bellas a veces se encuentran en los sitios más inesperados. En los restos de un naufragio o en un campo de batalla calcinado. No os preocupéis, lo volveré a hacer.



















Todos volvemos.

A los mismos lugares
donde tantas veces hemos caído.
Abatidos.

A las mismas miradas que piden auxilio,
a las mismas preguntas sin respuestas.

Volvemos a las largas esperas,
a las horas vacías.

Todos volvemos.

Como obstinados kamikazes.
Apetito de sufrimiento y destrucción.
Nunca saciado.

A las despedidas infinitas,
a los besos inacabados,
a los deseos, presos y maniatados.
Condenados.
A muerte.

Pero volvemos, siempre volvemos.

A las noches sin sueños,
al dolor de la ausencia,
a las emociones que hieren.

Volvemos a los versos tristes,
a las canciones de almas rotas,
a la voz callada,
a la palabra interrumpida,
a los “si tu supieras cuánto y lo mucho que callo”.

Volvemos al amor en coma por asfixia,
que no encuentra ni cómo ni cuándo expandirse.

Implosión de margaritas deshojadas.

Sí, todos volvemos.

A los mismos lugares
donde tantas veces hemos muerto.

Para besar su ausencia,
para volvernos locos.
Para gritar su nombre.
Para dejarnos caer,
para volver a morir.

Volvemos.
Siempre volvemos.

(Todos Volvemos, Aurelio Martínez, Enero 2005)


Fotografías de Raquel Garres 2009

Algún día nos largaremos de aquí, chico.

A Sando y Yeyomartin,
sentados al sol en el pozo sin luz.

A todos los chicos del barrio.